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En la muerte de las personas existe una historia no contada, una historia no visible que se sustrae a los ojos de los demás. Esa historia no deja herencia, muere con la persona.
No sucede así con la vida pública, esa que es visible a los demás y que resucita, en los casos más señalados, en los libros de historia, herederos en palabras de lo vivido. En esa historia visible el pasado sigue siendo presente y se actualiza de manera más o menos fiable en los recuerdos de lo que fueron los hechos ya muertos. Hay en esta historia una resurrección creada por el historiador.