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En el abismo temporal se hunde la vida, pero antes de esa desaparición hay un revivir, un último esplendor. Esto no puede aplicarse a las divinidades, los dioses no nacen ni mueren, están ahí siempre; sin embargo, pueden ser destituidos por otros dioses que el pueblo ha elegido y a quienes muestran su relación, su piedad. Esto ocurre con el paganismo politeísta y también ocurre hoy día cuando la divinidad se diluye en infinidad de adoraciones, que, aunque negadas, no son más que otra divinidad a la que se le ofrece sacrificios.
Hay una inversión de la divinidad, ya no procede de lo alto, sino que se encuentra en la propia materia, en las energías que mueven al hombre, en la energía que emana de la madre naturaleza.