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Las ruinas del pasado son el ejemplo más vivo de la tragedia humana. Solo en los restos de lo que ha permanecido a la voracidad inexorable de la historia, el hombre se encuentra a sí mismo. Se encuentra en las monedas acuñadas en tiempos pasados, en los restos de los castros que vislumbran ciudades hoy ya enterradas. Esas ruinas nos permiten tener una imagen de nuestra esperanza. A través de ellas tenemos la perspectiva del tiempo concreto de tragedia que ya vivieron otros.